Hijos de Heracles: El nacimiento de Esparta

 

 

HIJOS DE HERACLES

PREFACIO

 

El paisaje que me rodea es hermoso. Eligieron mis antepasados este lugar por muchas razones, aunque la belleza no se encontraba entre ellas. Es un paraje resguardado, recóndito, a salvo de miradas curiosas. Un lugar de profundos valles y altas paredes rocosas. Hermoso, sí, pero duro. Hermoso, aunque de piedra y roca, de fría tierra y aire gélido. Hermoso, sin duda, pero con la suficiente crueldad, inclemencia y aspereza para templar el carácter de los que vendríamos después. Y tan adecuadamente cumplió este lugar su propósito que, ahora, tras muchos años, contemplo por primera vez el esplendor que alberga, porque la hermosura es algo que mi gente tuvo que pasar por alto para dedicarse a otros menesteres.

Me encuentro en un punto elevado al oeste de mi ciudad, Esparta. A mi espalda, puedo ver las altas montañas que la defienden. El griterío del pueblo ha quedado atrás. Las mujeres y los niños nos han despedido. Ahora reina la calma. Nada excepto el soplo del aire hiere mis oídos. Es un día cubierto de nubes grises, con una claridad que presagia una fuerte nevada. El viento azota mi capa, y aunque mi torso se encuentra desnudo y el frío es penetrante, soy inmune a él. Porque yo, que incluso vine al mundo de forma violenta, no cuento las calamidades como otros. Muchos años de preparación lo hacen posible. Muchos años de severidad, de dureza impuesta, de ruda disciplina, me permiten mirar a la cara de la adversidad esbozando una sonrisa donde cualquier otro perecería o, al menos, lloraría igual que un perro apaleado.

Y no hablo sólo de mí.

Tres mil de mis hermanos me acompañan.

Todos tan preparados como yo. Todos tan dispuestos como yo. Todos tan felices como yo, tan duros y abnegados como yo. Todos vistiendo la misma capa de color rojo sangre. Cada uno dispuesto a morir. Es nuestro designio.

Un bosque de espadas se alza ante mi vista. Destellos de bronce fulguran con cada exiguo rayo de luz solar con poder suficiente para atravesar el manto de nubes que cubre nuestras cabezas.

Tres mil almas resueltas las portan.

Tres mil rostros que muestran la mirada decidida del que se ha sobrepuesto a un millar de calamidades para llegar al día de hoy. Pues, desde los tiempos de los heraclidas, mi pueblo se ha preparado para este momento. Éste es nuestro destino. Se nos enseña orden y pureza. Se nos enseña a despreciar cualquier banalidad. Todo en nuestra vida nos lleva a no temer a la muerte, a luchar por la libertad a cualquier precio.

Mucho hace ya que los descendientes de Heracles constituyeron la ciudad; sin embargo, ese derecho a gobernar esta tierra cedida por el propio Zeus, lejos de caer en el olvido, se ha ido renovando con la sangre de muchas generaciones.

Y ha llegado el momento de hacerlo valer.

Miro a mis hermanos, y veo tres mil corazones que esperan la señal. Pues vamos a la guerra. Para eso estamos aquí. Para eso hemos nacido.
Desde la más tierna infancia, se nos ha preparado, se nos ha impuesto el extremo rigor que domina nuestras vidas.

Lo hemos aceptado con gozo, pues ésa es la tradición; y es nuestro honor, así como nuestra libertad, lo que está en juego.

Es, además, la única manera de llevar a cabo nuestra venganza.

De modo que observo las huestes que me acompañan y no puedo evitar que el orgullo me invada, pues al fin se hará justicia.

Y en el preciso momento en que descubro que estamos cerca de la gloria, la euforia me domina. No puedo retener por más tiempo el grito que inflama mi garganta. Mis pulmones estallan soltando todo el aire retenido, y los espíritus de incontables generaciones de hombres de dureza inigualable, de increíbles hazañas y proezas que deberían ser recordadas cuando mi pueblo desaparezca, vuelven a la vida a través de él: «¡El Juramento! ¡La Muerte!».

Y otras tres mil gargantas elevan su voz repitiendo estas palabras para llevarlas hasta el Olimpo, para elevarlas hasta los dioses. Para que sepan que vamos a cumplir nuestra promesa. Que mi pueblo conoce lo que es el honor.

Soy el general que comanda un ejército como no se ha visto ningún otro en el mundo. Para eso estoy aquí. Éste es mi destino.

Me llamo Anaxándridas, y soy rey de Esparta.

 
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